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Armando Ayala Anguiano
Periodista, historiador y cineasta

 

Por Luis E. González O’Donnell

 

El primer empleo, que apenas salido de la escuela, consiguió el guanajuatense (nacido en León en 1928 y criado en Abasolo) Armando Ayala Anguiano, fue de telegrafista. Aprovechando que poco después lo contrató Mexicana de Aviación para atender sus aeropuertos de Tuxpan, Ver., y Tijuana, al poco tiempo empezó a estudiar guionismo cinematográfico en la Universidad del Sur de California mientras se entrenaba como aprendiz de carpintero en una fábrica de muebles.

Con intereses y talentos tan variados, era evidente que el joven guanajuatense había nacido para todólogo, es decir, periodista, y decidió probar suerte en el DF.

Mientras esperaba que lo llamaran de Hollywood para escribir el guión de alguna superproducción, ingresó como reportero a El Sol de México y ahí aprendió que en la vida real el periodismo no era tan glamoroso como en las películas.

El periodismo mexicano de entonces era una liturgia cortesana para la cual el guanajuatense no llegaba debidamente domesticado sino, más bien, “norteado”. – Era inteligente, diligente, curioso, agudo y honesto, una mala combinación para un periodista en esos tiempos – decía del joven Ayala su primer jefe de noticias, el veterano Javier Ramos Malzárraga.

 

 

Un mundo ancho y ajeno

Ayala no aguantó mucho. Tan pronto como pudo consiguió una beca del gobierno francés para estudiar en París ciencia política, a ver si lograba entender el funcionamiento del gran bazar mexicano, donde los elefantes danzaban sin romper ni un plato. Al mismo tiempo tendió líneas para empezar a colaborar en Visión, una revista estadounidense que se editaba en español para el mercado latinoamericano. En la Europa de los 50 aún se palpaba el rescoldo de la Segunda Guerra Mundial, pero reporteando por los rincones
el joven Ayala descubrió que la desmesurada tragedia no había logrado arrancar las raíces de la civilización. En Francia y Alemania le explicaron que, a diferencia de lo sucedido en el México post-revolucionario, la democracia sí puede funcionar, aún entre el escombro de la barbarie: y en Suecia le mostraron que el auténtico Wellfare State, el “Estado benefactor”, en nada se parecía a su caricatura mexicana, el régimen clientelar del PRI.

 

Volver, volver, volver

A continuación Visión lo envió a Buenos Aires, donde Ayala descubrió que incluso en países que apenas se reponían de las largas dictaduras, como Argentina, florecía un periodismo joven, irreverente y respondón, plenamente diferenciado tanto del persignado modelo español-franquista como del genuflexo estilo mexicano de aquellos años. En 1961, a los 33 años de edad, Ayala regresó a México por ver si podía, imitando lo visto en Europa y Estados Unidos, prender la mecha para detonar la modernización del periodismo mexicano.
Lo primero que descubrió el recién regresado fue lo mucho que ignoraba de su propio país. Para ponerse al día, se entregó frenéticamente a estudiar la historia mexicana. Lo segundo que descubrió fue que 8 o 9 de cada 10 textos de historia habían sido escritos para disimular, no para revelar; y comprendió que debía acometer el redescubrimiento de México con el entusiasmo y la desconfianza de un corresponsal recién aterrizado en un país exótico.

 

 

Olfateando el porvenir

Buscando oídos bien dispuestos, Ayala deambuló por renombradas publicaciones culturales, como la revista de la UNAM y los legendarios suplementos México en la Cultura y La Cultura en México y aún compartió el micrófono de Radio Universidad con personajes como Carlos Fuentes, que ya iba en camino de la beatificación. Sorprendentemente, la mejor disposición no la encontró Ayala entre jóvenes rebeldes o intelectuales de
vanguardia, sino en Rómulo O’Farrill Silva, un astuto editor que ya iba para septuagenario, pero preveía los cambios que en México se incubaban. Lo ayudaba el gerente de Novedades Editores, Fernando Canales. O’Farrill integraba una célebre mancuerna con otro lince político y empresarial, el ex presidente Miguel Alemán Valdés, y ambos aceptaron como socio al joven Ayala. Así nació Contenido en 1963.

 

Cerebros brillantes

Esta revista se ajustaba a la fórmula internacional de publicación de interés general, no encajonada en un estrecho nicho del mercado, lo cual le permitía alcanzar gran circulación e independencia económica. En aquel tiempo la mayoría de las publicaciones mexicanas – excepto las especializadas en deportes y cómics -, no vivían de sus lectores y anunciantes sino del gobierno. De pronto, el desparpajo de Contenido sentaba un precedente revulsivo para la nomenclatura periodística y cultural que administraba el acceso al “presupuesto”: los favores, las becas, los nombramientos y canonjías, además
de la publicidad oficial. Ayala no pertenecía a ningún cenáculo ni camarilla y para integrar su equipo de colaboradores no buscó plumíferos consabidos sino a jóvenes brillantes destinados a llegar lejos, entre ellos Felipe Garrido, Juan José Morales, Alfonso Perabeles, Ulalume González de León, Emmanuel Carballo y Pedro Bayona. Pronto atraerían al ex jefe noticioso de García Valseca, Javier Ramos Malzárraga, y finalmente Luis González O’Donnell, recién llegado de Argentina.

 

Esperanza Bolland y Armando Ayala

 

El silencio de los borregos

Previsiblemente, la nomenclatura respondió con un recurso predilecto, el “ninguneo”. A la par de Contenido Ayala empezó a publicar iluminadoras biografías de héroes y antihéroes de la historia mexicana y esclarecedores ensayos sobre las etapas más tenebrosas del pasado de este país; y aún novelas de alto mérito todo lo cual fue acogido con encomio en el extranjero y, en México, con furioso silencio. Lo que en México no se podía ignorar eran las incursiones de Contenido en terreno minado, no
sólo en política sino en la “crítica de costumbres”, como se decía en el siglo XIX. Por ejemplo, en 1967 esta revista reseñó en “un reportaje gigante” titulado ¿Qué es el PRI? La verdadera historia, hasta entonces inédita, del régimen político de aquellos años. El presidente Gustavo Díaz Ordaz se disgustó tanto que estuvo tentado a requisar la edición de la revista. Pasado el berrinche, el presidente sólo autorizó la reaparición de Contenido cuando O’Farril y Alemán le prometieron mantener a Ayala con rienda corta.

 

Los bueyes y la barranca

En los 70 Contenido le dio la vuelta a la política y atacó por otros frentes. Por ejemplo, ésta fue la primera publicación de gran circulación en denunciar el desastre ecológico mexicano, en tiempos en que había que explicarle al público hasta lo más elemental, como el significado de la palabra smog. Y también fue Contenido la primera publicación mexicana en prever la catástrofe a que nos conducían las políticas de Luis Echeverría (1970-76) y José López Portillo (1976-1982) en un tiempo en que había que contratar a escritores especializados, como Luis Pazos y el actual director general de esta revista, Luis Enrique Mercado,
para que explicaran al gran público el significado de términos como “devaluación” e “inflación”.

Otra palabra, que todo el mundo entendía y sin embargo nadie ponía en letra de molde, era corrupción, el lodazal que ahogaba al país. Nuevamente tocó a Contenido romper el tabú: en 1978 se publicó La mordida, vergüenza de México, un gran reportaje de Armando Ayala Anguiano y Fernando Martí, galardonado ese año con el premio de la agencia de noticias de España, EFE.

 

Arq. Carlos Obregón Formoso, Florencia Riestra y Armando Ayala

 

Los picapiedras

Las gotas de tinta de imprenta horadan la roca. En los 80 otros medios, en especial el semanario Proceso, de Julio Scherer, y el noticiario radiofónico Monitor, de José Gutiérrez Vivó, empezaron también a picar piedra, pero el establishment aún se atrincheraba a cal y canto. En esos años Contenido nuevamente atizó las iras del régimen. Esta revista publicó un reportaje sobre la repatriación forzosa de unos mexicanos que, sin permiso de su tío,
el secretario de Gobernación (1982-88) Manuel Bartlett, se habían incorporado en Venezuela a una secta de fanáticos religiosos. Bartlett exigió la clausura de Contenido, con excusa de que la revista venía publicando irritantes reportajes sobre la insurrección del neopanismo en el norte, especialmente en Chihuahua. Al fin los accionistas mayoritarios sólo recibieron un regaño presidencial y Contenido sobrevivió una vez más.

 

Vendimia y embriaguez

En los 90 el régimen al fin empezó a entender que la libertad de prensa sirve como los vertederos de emergencia de la gran presa social: si se obstruye el desfogue, la cortina revienta. La prensa mexicana goza ahora de libertad y prosperidad sin precedentes: a ver cuánto nos dura. Satisfecho y en calma, el octogenario Ayala se retiró a su gabinete de historiador a seguir tecleando en una destartalada Remington.
En la cual embriagante atmósfera de victoria proliferan tantos apóstoles, héroes y precursores de la libertad conquistada, que casi nadie menciona a Armando Ayala Anguiano. Tampoco los antiguos colaboradores de Contenido quemamos incienso ante el retrato del viejo líder. Sólo le decimos: “Gracias, don Armando”.