ArteColección de retrato mexicano
del siglo XIX

En el siglo XVIII el retrato cobró una extraordinaria importancia en México, pero la gran popularidad de este género no se dejó sentir sino hasta el siglo XIX. Personajes del mundo de la política, la élite intelectual, la alta burguesía y aún los de rango social más modesto, deseosos de dejar su imagen a la posteridad o de colgar su efigie en la sala de su casa, encargaban su retrato a algún pintor. En este sentido el retrato, no obstante que injustamente se le ha asignado una categoría inferior, es el medio más eficaz para conocer a los hombres notables que nos han precedido y también para adentrarnos en las costumbres de una sociedad. El retrato nos habla de la identidad de una persona, de su oficio, su situación económica y las formas de vida de una época

El retrato, además, es un género difícil; exige del artista, entre otras cosas, de un agudo sentido de observación y un hábil dominio del oficio. El retratista no puede jugar libremente con el pincel, pues la menor desviación en el trazo puede cambiar la expresión de un rostro. Por lo mismo resulta sorprendente que en el siglo XIX, no sólo los pintores más prestigiados de la Academia sino también los pintores populares hayan abordado este género. A los primeros correspondía pintar a las grandes personalidades de la época y a los segundos, la clase media acomodada de las ciudades de provincia. La manera de los unos y los otros -distinta no sólo por el mundo que representan sino también por el peculiar manejo del oficio- es igualmente atractiva.

Los retratos elaborados por Pelegrín Clavé, Juan Cordero, Felipe Gutiérrez, Tiburcio Sánchez y Petronilo Monroy (por mencionar sólo algunos) siguen una tónica parecida, acorde con los ideales estéticos de la Academia. Sus modelos aparecen de pie o sentados, con gran decoro, en un sillón estilo isabelino y ataviados con sus mejores galas. Los hombres en impecable traje negro, chaleco de brocado, leontina de oro y acompañados de uno o varios objetos que aluden a su profesión. Las mujeres llevan amplios vestidos de seda con los hombros descubiertos y adornadas con joyas de familia o cubiertas con sus mantillas, prenda indispensable de las señoras y señoritas del siglo XIX. Tanto Clavé como Cordero -que recuerdan mucho en su estilo al pintor francés Ingres- sin olvidarse del parecido, gustan de embellecer a sus personajes, sobre todo cuando se trata de retratos femeninos. Los contornos del cuerpo los perfilan suavemente, dulcifican las facciones y las actitudes adquieren un aire sereno y digno.

En contraste con esta mirada idealizante de los artistas académicos, los pintores populares se expresaron con más libertad e individualidad. Guiados únicamente por su talento natural y desprovistos de prejuicios estéticos, pintaron según su leal saber y entender.

Otros anónimos

Las referencias que tuve de Armando Ayala Anguiano antes de conocerlo personalmente, lo orientaban a una sola dirección: la escritura. Periodista novelista historiador... eran los rasgos que me definían (yo creía que exactamente) su perfil profesional.

Entonces yo hubiera podido reseñar aproximadamente sus obsesiones: hurgar en la historia pasada y presente las entrañas de la nación para retratar, mediante sus protagonistas antiguos y actuales, la personalidad de un país sobre cuyos hijos y cuyo paisaje se ciernen o el atardecer umbrío o el alba original.

Pero uno a veces tiene más prejuicios que juicios, y aquéllos desvirtúan, o por lo menos limitan, la apreciación de la gente. Por ello nunca sospeché, por ejemplo, que don Armando tuviera otras pasiones que aumentaran la dimensión de su persona.

De hecho no sé si él mismo tenga Una explicación clara para saber qué lo lleva ante los anticuarios provincianos o, en las apacibles tardes dominicales de la capital, a los bazares, a hurgar también entre muebles, tapices y bibelots misceláneos hasta rescatar de las polillas y de las sombras, la vasta colección que hoy presenta en Guanajuato.

A mí por lo menos me gusta pensar que esta otra apasionante vocación es una vía paralela que conduce -entre goces distintos- también al retrato de este país vagante y extravagante: anónimo todavía.

Lo primordial por ello, quizá, sea no identificar -tarea improbable- a los autores de los excelentes lienzos que tenemos ante nosotros, sino fracturar el anonimato nacional, reconociéndonos en sus personajes, completando el "retrato" del país, observando; "Nada de lengua; todo ojos; (guardemos) silencio". *
* Shakespeare; La tempestad